Motricidad gruesa: la base del aprendizaje en los niños

  • 26 de Agosto del 2021
  • 7 min de lectura

Para que un niño tenga un buen desarrollo cognitivo, emocional y social es imprescindible que adquiera las destrezas que engloba la psicomotricidad; es decir, que desarrolle una buena motricidad gruesa y fina. Estas habilidades motoras le permitirán tomar conciencia de su propio cuerpo y del mundo que le rodea; realizar, coordinar y controlar sus movimientos corporales, ser autónomo a la hora de vestirse o asearse, explorar e interactuar con su entorno, regular sus emociones y llevar a cabo aprendizajes tan importantes como el de la lectoescritura y las matemáticas. Estas habilidades dependerán de la motricidad gruesa.

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El control del movimiento depende de la motricidad

Genéricamente, la motricidad es la capacidad de un cuerpo para generar movimiento y/o desplazarse. Los seres humanos generamos y coordinamos los movimientos en una sincronía que involucra al sistema nervioso, los cinco sentidos y el aparato locomotor.

La motricidad nos permite el dominio de nuestro cuerpo más allá de ejecutar los movimientos, dotándolos de intención, espontaneidad y creatividad.

Es decir, la motricidad en los seres humanos no es solo la generación de movimiento si no el control del mismo para que obedezca a un propósito.

El movimiento en el ser humano comienza ya antes del nacimiento. Dentro del útero materno, a partir de la octava o novena semana, el feto ya empieza a moverse, aunque la mamá aún no lo note, y conforme va creciendo los movimientos son más precisos. Para ello, es necesaria una cierta coordinación entre la espina dorsal, la cabeza y los hombros del bebé. 

Posteriormente, tras el nacimiento, el bebé realiza los denominados reflejos primitivos, patrones de movimientos involuntarios que suceden de modo automático y que anteceden al desarrollo de la motricidad, es decir, a la habilidad controlada del movimiento.

La motricidad, que no el movimiento, comienza cuando el bebé empieza a sostener la cabeza y sigue un orden, cuello, hombros, brazos, manos, dedos, etcétera, marcado por la maduración de su sistema nervioso.

¿Qué es la motricidad gruesa?

La motricidad se divide en dos categorías, la motricidad gruesa y la motricidad fina. La motricidad gruesa es la primera que se desarrolla y constituye la base para la adquisición de las habilidades motoras finas. El uso de ambos tipos de motricidad permite al niño realizar acciones de forma autónoma.

La motricidad gruesa se refiere a movimientos globales, grandes y amplios que requieren el uso de varios grupos musculares necesarios para ello. Un ejemplo son los cambios de posición del cuerpo, girar sobre sí mismo, sostener la cabeza, sentarse o gatear, entre otros.

La motricidad gruesa es la base del desarrollo motor. Caminar, saltar, lanzar un balón o ponerse un pantalón sin caerse son actividades que dependen de las habilidades motoras gruesas. Su correcto desarrollo es importante para lograr una buena coordinación, equilibrio y estabilidad en los movimientos, facilitando más adelante conseguir los avances propios de la motricidad fina y el aprendizaje de la lectoescritura.

Relación entre motricidad gruesa y aprendizaje

El desarrollo de las habilidades motoras, es decir, el correcto control del movimiento corporal, es clave para que el niño adquiera la orientación espacial y temporal, la lateralidad y el esquema corporal, primordiales para el desarrollo de las funciones cognitivas como son aprender y recordar información, resolver problemas, concentrarse y mantener la atención, entender el lenguaje o realizar cálculos, entre otras.

A través del proceso de control del movimiento el niño adquiere experiencias sensoriales y táctiles, toma conciencia de su cuerpo e interactúa con el entorno en un continuo aprendizaje que va formando su personalidad y preparándole para un correcto aprendizaje. Por medio de la motricidad el niño se relaciona consigo mismo y con los demás, manifestando sus necesidades y emociones. Antes de adquirir el dominio del lenguaje, el niño se expresa a través del movimiento.

La lateralidad permite la correcta ubicación espacial y temporal

La lateralidad es un proceso a través del cual el niño definirá un uso preferente de un segmento de su cuerpo respecto al otro. Los especialistas definen cuatro etapas de prelateralidad que van de los 0 a los 4 años. 

El correcto desarrollo de todas ellas logrará una buena coordinación y control corporal. Las etapas son las siguientes:

  • De 0 a 6 meses. Monolaterización. No existe relación entre los dos lados del cuerpo. Actúa la motricidad refleja y se produce el reflejo tónico del cuello.
  • De 6 meses al primer año. Duolaterización. Los dos hemicuerpos funcionan de forma simultánea y simétrica aunque aún sin relación entre ambos. 
  • De 1 a 6/7 años. Contralaterización. El niño aprende las habilidades motrices y el equilibrio postural. Existe una simetría funcional exactamente igual en ambos hemicuerpos aunque se empiezan a producir preferencias aún no dominantes.
  • De 6/7 años en adelante. Unilaterización. Un hemicuerpo domina y el otro apoya las acciones.

Durante el desarrollo de este proceso, el niño aprende a ubicar su cuerpo en el espacio y a orientarse respecto al entorno y al tiempo. La lateralización se desarrolla conjuntamente con la interiorización verbal de los conceptos arriba/abajo, delante/atrás, derecha/izquierda,... y es fundamental para el aprendizaje de la lectoescritura. 

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El esquema corporal es la representación que tiene el niño de sí mismo

Aprender a ubicarse en el espacio y el tiempo con respecto a uno mismo requiere que el niño adquiera conciencia de su propio esquema corporal, es decir, la representación mental que el niño tendrá de su cuerpo, las partes, los movimientos y las impresiones sensoriales.

Este proceso conlleva varias etapas:

  • De 0 a 3 años. El niño va descubriendo su propio cuerpo. En esta etapa se dan dos procesos fundamentales como son la marcha y el lenguaje.
  • De 3 a 7 años. Se afina la percepción y se orienta el esquema corporal respecto al espacio y al tiempo. Al final de esta etapa, el niño puede dirigir su atención hacia la totalidad de su cuerpo o hacerlo de forma segmentada y se define la lateralidad.
  • De 7 a 12 años. El niño consigue la representación mental de su cuerpo en movimiento y del control sobre el mismo.

Un esquema corporal mal estructurado conlleva una incorrecta percepción de sí mismo con respecto al entorno y a la orientación. En consecuencia, también falla la coordinación y el control del movimiento, la motricidad. Todo ello, se traslada al plano afectivo cuando el niño se siente inseguro o falto de autoestima. 

Volviendo al principio, la adquisición de las destrezas que engloba la psicomotricidad es la base para lograr un buen aprendizaje de la lectoescritura y las matemáticas.

La orientación espacial y temporal requiere poder organizar las letras y los números, el sentido de lectura, el orden de las letras o la sucesión de los números. 

Un correcto desarrollo de la psicomotricidad permite automatizar los aprendizajes y liberar al área del cerebro implicada para poder adquirir nuevos conocimientos.

Actividades y ejercicios para desarrollar la motricidad gruesa

Realizar junto a tu hijo actividades y ejercicios para desarrollar la motricidad gruesa es una buena forma de jugar juntos y compartir momentos divertidos al tiempo que descubres sus progresos y le ayudas a fortalecer su musculatura y a adquirir las habilidades motrices.

Te explicamos alguna de estas actividades:

  • Para los niños más pequeños, caminar con ayuda de un adulto.
  • Con cojines puedes organizar una ruta de obstáculos que podéis realizar caminando o gateando según la edad del niño.
  • Delante de un espejo, el niño intenta imitar los movimientos que tú realices.
  • Coger pelotas o globos de diversos tamaños ayuda a trabajar la coordinación.
  • Circuitos con diversos recorridos (túneles, cilindros, ruedas, piscinas de bolas, escaleras, rampas, puffs y colchonetas) como los de los parques infantiles.

Cómo puedo saber si mi hijo tiene problemas de motricidad gruesa

Es importante observar al niño para darnos cuenta cuanto antes de posibles dificultades de motricidad gruesa y poder resolverlo. Algunos de los síntomas más característicos son:

  • Desviarse del promedio de alcance de los distintos objetivos del desarrollo en cada edad.
  • Movimientos rígidos o inseguros, tropezones y caídas al andar.
  • Dificultades para mantenerse erguido al estar sentado.
  • Baja resistencia a la actividad física.
  • Dificultad para comprender instrucciones sencillas para participar en una actividad física.
  • Requerir un mayor esfuerzo para realizar una tarea que otros niños de su misma edad.
  • Coger y usar objetos de forma incorrecta.
  • No recordar una habilidad adquirida anteriormente.
  • Dificultades para reconocer las partes de su cuerpo.

Si observas alguno o algunos de estos síntomas en tu hijo, es recomendable consultarlo con tu pediatra quien te guiará sobre qué hacer y te indicará el profesional más adecuado si es preciso.

El desarrollo de la motricidad gruesa incide directamente en la adquisición de los aprendizajes propios de las diferentes etapas infantiles, así como en los aspectos emocionales y vivenciales del niño. Ayuda a tu hijo a ejercitar su motricidad a través del juego proponiéndole actividades que él vivirá de forma lúdica y mediante las que tú podrás ir observando si su maduración está evolucionando con normalidad.

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