Cómo beneficia a tus hijos la construcción de hábitos de vida saludables en familia

  • 6 min de lectura

Durante los primeros años de vida del niño, los padres tienen un papel fundamental en la transmisión de los valores, las normas, los hábitos y las rutinas que conformarán la personalidad de sus hijos y una gran parte de la calidad de su vida futura. Te explicamos por qué los hábitos son tan importantes y cómo podemos construir hábitos saludables para toda la familia.

¿Qué es un hábito y cómo se adquiere?

Un hábito es un comportamiento aprendido que convertimos en costumbre a través de la repetición. No es una acción innata sino el resultado de un continuo aprendizaje desde muy temprana edad. Por ello, es fundamental ayudar a adquirir hábitos sanos a los niños, de manera que los integren en su rutina diaria y los lleven a cabo de manera automática, sin pensar en ellos.

Los hábitos se crean porque el cerebro tiende a ahorrar esfuerzo, tiempo y energía para ser más eficiente. Al automatizar algunas acciones cotidianas, no debemos concentrarnos para realizarlas y podemos dedicarnos a otras actividades que sí necesitan de toda nuestra atención.

Al nacer, el cerebro tiene 100.000 millones de neuronas, cada una de ellas con unas 2.500 conexiones o sinapsis. A lo largo de los dos años siguientes se produce una frenética actividad cerebral que se traduce en unas 700 conexiones por segundo que involucran procesos mentales y emocionales, funciones metabólicas y habilidades motoras. Se trata de una comunicación constante en la que las conexiones que no se ejercitan disminuyen y se refuerzan otras nuevas. Se crean circuitos cerebrales que determinan nuestra forma de pensar e interactuar con la realidad.

Cada vez que aprendemos algo, en nuestro cerebro se crean nuevas conexiones neuronales que se fortalecen cada vez que repetimos la nueva conducta aprendida. Las neuronas liberan neurotrofinas, unas sustancias químicas que ayudan a su crecimiento y diferenciación en áreas fundamentales del cerebro para el aprendizaje y la memoria, y el hábito queda fijado.

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Beneficios de convertir acciones en hábitos

Convertir las acciones repetitivas en hábitos cotidianos logra que el niño integre una serie de rutinas de comportamiento y las realice sin pensar. Para conseguirlo, la labor de los padres es fundamental. Durante los primeros años de vida del niño, los padres son el modelo a seguir y, por tanto, sus conductas serán las que construyan los hábitos. Es importante ofrecer ejemplos de hábitos de vida saludables que atañen a todos los ámbitos de la vida: alimentación, descanso, higiene, buenos modales, etcétera.

Predicar con el ejemplo es la mejor forma de conseguir que los buenos hábitos sean parte de la identidad del futuro adulto.

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Cómo cambiar un hábito adquirido

Conocemos los beneficios de los hábitos adquiridos, pero ¿qué sucede cuando el niño adquiere un hábito que queremos que abandone? Morderse las uñas, repetir alguna palabrota o echar agua fuera cuando se baña. El adquirir un mal hábito es tan fácil como hacerlo con uno bueno. En ocasiones, el niño imita la conducta de uno de los progenitores. Imaginemos que alguno de ellos se muerde las uñas o utiliza palabras malsonantes por costumbre. Si son actos habituales, el niño se percata de ello desde muy pequeño y hace lo mismo. Otras veces, el niño repite un comportamiento porque cree que nos gusta o que consigue algo con ello. Si varias veces hemos cedido, por ejemplo, a sus lloros cuando queremos que deje de jugar y se bañe, su cerebro interpretará que, para lograr seguir jugando y no bañarse, debe llorar.

Por suerte, los hábitos y rutinas de los niños no son inamovibles y pueden cambiarse. Se trata de sustituir un hábito por otro estimulando nuevas conexiones neuronales, nuevos circuitos, ofreciendo alternativas y dando el tiempo necesario para que se integre en la rutina del niño.

Los hábitos son costumbres adquiridas tras varias repeticiones, de forma que el cerebro las realiza sin pensar. En situaciones de nerviosismo o miedo, el hábito nos lleva a un terreno conocido, nos aporta confianza, es algo que, sin ser innato, forma parte de nuestro día a día. Por eso, cambiarlo requiere el desarrollo de otro hábito nuevo que, a la larga, nos dé la misma sensación de estar en una zona de confort. De nada sirve decirle al niño que no se muerda las uñas o castigarlo por ello. Ofrezcamos otra opción explicando por qué no debe hacerlo y demos ejemplo actuando en consecuencia.

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Los hábitos son poderosos: las etapas clave

Los hábitos son más poderosos que el autocontrol ya que éste precisa de un esfuerzo de voluntad que termina cansando. Por ello, son tan importantes los hábitos adquiridos durante la infancia.

Existen dos etapas clave en la adquisición de hábitos saludables que se convertirán en una forma de pensar y hacer las cosas para toda la vida. La primera es entre los tres y los cinco años cuando se adquieren los hábitos de autonomía como el comer, descansar, hacerse cargo de sus juguetes, la higiene corporal, etcétera. Deben trabajarse de forma constante en el entorno familiar que es lugar donde tienen lugar los primeros y fundamentales aprendizajes que les permitirán ser personas autónomas y competentes.

La creación de buenos hábitos es más fácil en esta etapa, un periodo clave de aprendizaje en la vida del niño.

La segunda etapa clave se desarrolla entre los ocho y los doce años, justo antes de la adolescencia. Es un periodo de asentamiento de hábitos y de creación de otros acorde con la progresiva madurez del niño. Serán los hábitos que le facilitarán lidiar con la complicada etapa de la adolescencia al tener bien integradas unas rutinas físicas y psicológicas sanas. Intelectualmente son edades de alto rendimiento en que se han de adquirir hábitos de estudio y lectura.

Socialmente, fomentar la conversación y las actividades en familia como rutinas cotidianas permite a los padres conocer mejor a sus hijos.

Una de las más famosas frases del psicólogo estadounidense William James dice así: “Siembra una acción y se recogerá un hábito, siembra un hábito y se recogerá un carácter, siembra un carácter y se recogerá un destino”.

Empieza cuanto antes a sembrar el destino de tus hijos con unas sencillas directrices que benefician a toda la familia:

  • Predica con el ejemplo. Las rutinas de los padres son el espejo en que se mira el niño.
  • Aprovecha el gran potencial de aprendizaje en etapas tempranas y asienta hábitos que serán la base de su autonomía y personalidad.
  • Cambia los malos hábitos ofreciendo alternativas y tiempo para construir la rutina.

“Somos lo que hacemos cada día. De modo que la excelencia no es un acto sino un hábito.” Aristóteles (Filósofo griego)

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Etapa vital

Referencias

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